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Composición

Escribir sobre la libertad puede resultar una tarea penosa si la autora es una chica de 20 años, apresurada por calzarse las zapatillas deportivas antes de que anochezca y sea peligroso salir a correr en el polideportivo local.
El día domingo leí, en "El extranjero", un diálogo entre el presidiario Mersault y su carcelero, quien ante la queja de éste ante la falta de una mujer allí a su lado, argumenta que de eso se trata la cárcel: la privación. La libertad de Mersault se representa allí en la forma ausente de María. Y es sólo en ese momento, mediante esa sencilla respuesta, en que Mersault comprende el porqué de la celda (y la irremediable gravedad de su situación).
Hoy por la tarde, luego de salir de mi trabajo, me dirigí hacia mi hiper-tienda preferida, Farmacity.
Luego de la jornada laboral, en la cual hablé durante 5 horas y treinta minutos, ya sea por teléfono o con mi supervisora o compañeros, me dolía la garganta y pensé que algún tipo de caramelo o jarabe de propóleo sanaría el malestar.
Farmacity es el supermercado de medicamentos y productos de belleza en el cual los adultos se pasean y observan las góndolas, con expresiones dubitativas o curiosas ante las brillantes novedades. Segpun mi parecer, esta tienda funciona como una gran confitería en la cual la sociedad moderna adquiere vicios secretos. Si bien es cierto que puede abandonarse el consumo de drogas, siempre habrá nuevas drogas para reemplazar las anteriores.
Inofensivas pero igualmente atractivas. Analgésicos escondidos en pequeñas cajas de cartón, vitaminas de naranja y complicados batidos de vainilla para los deportistas avezados.
La presencia de adultos allí no es comparable a un supermercado común, en el cual la compra satisface necesidades primarias y mayoritariamente vinculadas con la temida "canasta familiar", sino que funciona como observatorio y plataforma para curiosas adquisiciones y silenciosos safaris consumistas. Farmacity se convierte entonces en escenario para supuestos diálogos y miradas voyeuristas: los solitarios protagonistas se pasean en una isla de shampoo e ibuprofeno en la cual luego de una mañana en la oficina, proposiciones de matrimonio en la caja registradora se ven rechazadas ante el frenético grito de "¡Aléjate de mis medicamentos!"
Estaba allí queriendo adquirir jarabe, posiblemente cansada y lejos de casa: de ninguna manrea me sentía libre.
Desconcerté a la farmacéutica con mi pedido y mientras se dirigía a las estanterías agregué "no es serio, es sólo momentáneo" o algo similar en absurdo.
Supuse ue la libertad puede verse eejrcida cuando el desconcierto y lo absurdo conllevan a un relato o recuerdo fuera del orden sistemático. Y las miradas de los empleados del sector llevarían a comentarios que se verían alterados por la repetición sucesiva hasta elaborar una cadena de equivocaciones improbables y el simple acto d ela jóven que adqirió pastillas para el dolor de garganta el martes 23 de enero concluiría, en un tono de voz swerio y afectado:
"Podría jurar que su piel era verde".
Concluyo en primer lugar en que ejerzo mi libertad mediante mi imaginación. Claro que eso ya ha sido formluado por alguien famoso y probablemente más elegante.
Prosigo entonces hacia el segundo piso en un edificio de la calle Bartolome Mitre en el cual un plantel de empleados se veía distraído por sus superiores. Ante las temidas palabras "re-estructuración", cambio y "necesidades del proyecto", no pude menos que recordar el invento de una mujer, éste consta de un mecanismo por el cual el ganado destinado al matadero no percibe el pelibro de su muerte y es sacrificado sin padecimiento anterior alguno. La verdadera revolución allí sería que todos los empleados, ante el discurso de sus supervisores, se pusieran de pie y comenzaran a mugir de manera muy audible.
En una ciudad en la cual Farmacity funciona como el Soma extático de "Un mundo felíz", y el trabajo resulta en libertad condicionada por caprichos burocráticos, mi libertad se ve perfectamente representada por las palabras, las horas desprovistas de llamadas telefónicas en las cuales suspiro leyendo un florido libro de Jane Austen y el final en el cual este texto se convierte en proclama.

La fiesta del monstruo

Mi abuela mira el canal de telecompras. Luego una película en Hallmark.
Mi hermano envía un mensaje desde la costa atlántica. "Limpiamos la casa", dice luego, por Msn.
Mi madre llama desde el sur y pregunta si estoy bien. Corta velozmente e imagino que, en medio de la calle comercial de Bariloche, teme recibir la noticia de que su hija ha muerto.
Envío saludos a mi padre, quien probablemente esté recordando quién sabe qué. Visitas al Hurlingham Club, o el porque jamás concluyó sus estudios universitarios.
Mis abuelos viajaron a muchos países, la renovación tecnológica aún no ha eliminado el placard en el cual se apilan cientas de diapositivas de museos, jardines en Holanda y rascacielos en Estados Unidos.
Mi abuela, cuando jóven, fue obligada por sus padres a aprender piano. Se convirtió en profesora aún odiando el instrumento. Cuando se casó, vendió el piano y olvidó todo lo que había aprendido.
El día de ayer, en el extremo silencioso de la casa, me acusó de drogadicta y quién sabe que más. Su mirada, levemente oscurantista, me hizo reir. Luego se transformó en algo serio y humillante. Juro en favor de la destrucción de antiguas estructuras.
Pensé en cuanto me aterra el no-saber, el cual no sólo se presenta en cuanto a diferencias generacionales sino a niveles humanos universales y aparentemente inalterables; estáticos.
Temo ser sorprendida sin el respaldo de una buena auto-defensa filosófica y verbal.
Asaltada por la ignorancia y un gran teleteatro.
Buda ha venido
a vernos
Vestido de cazador
en temporada de ciervos
 

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