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La continua historia de la presa dental

Hay ciertos días de la semana en el trabajo en los cuales, sin darme cuenta, me pongo de pie y comienzo a narrar relatos sesgados sobre diversas etapas de mi vida; etapas que, en deporte memotécnico invertido, me he dedicado a olvidar o a censurar cuidadosamente.
La última de ellas ocurría en el año 1999. Lucía un reprobable flequillo en forma de comillas sobre mi frente.
Tenía 11 años y atendía el 6to grado en un pequeño colegio en vías de extinción. Había muy pocos alumnos y la maestra de inglés era terriblemente mala.
Mi hermano cursaba 7mo grado, su horario de salida se extendía media hora más tarde que el mío.
Me quedaba a esperarlo acompañada por el hermano de una chica que también cursaba 7mo grado. Pateábamos penales desde las paredes enfrentadas del patio, levantábamos el metegol para jugar sin pagar fichas. Él me gustaba en secreto.
En mi grado había una chica que se llamaba igual que yo. Jamás hablaba.
Cuando llovía, en vez de estudiar las regiones geográficas o el proceso de fotosíntesis, la maestra nos contaba cuentos de terror.
En 6to Grado Único sólo había 3 chicos. Uno de ellos, rubio y probablemente repetidor de 5to grado, me preguntó si quería ser su novia. Dije que sí sin saber nada de eso y conforme al paso de las semanas, se enojó porque se suponía que debíamos besarnos o lo que era peor, salir a bailar.
Tiempo después, en un paseo escolar a un parque de diversiones en Luján, dejó de estar enojado cuando lo invité a sentarse al lado mío en el tren fantasma.

Ese año, mis padres advirtieron que mis comunmente denominados "dientes de conejo" me traerían problemas al ser mayor, cuando al crecer su ubicación resultara médicamente irreversible.
Mencionaron un tratamiento mediante la Obra Social y temí lo peor.
El concepto de Obra Social me recordaba al noticiero (el cual me aburría terriblementea la hora del almuerzo). La palabra "social" era sinónimo de vulgaridad. Muchas personas juntas remando hacia la nada.
Fui al maldito especialista una mañana junto a mis padres. Eran las 7 de la mañana, hacía frío y la sala de espera estaba llena de adultos tristes y niños tristes a causa del dolor de muelas.
El ortodoncista (palabra aún peor que el conjunto "obra social") tenía un tono de voz irritante y aunque se llamaba igual que mi padrino (quien era mi dentista) no se parecía en nada a él.
Dijo que era un caso perdido y que nunca había visto a una niña de esa edad con la dentadura tan fallada. Sugirió la extracción de dos muelas o el uso de una presa dental externa.
Mis padres encargaron la fabricación de la presa. Consistía en un alambre que, enganchado a dos coronas situadas en mis muelas, rodeaba el maxilar superior. A la altura de las paletas, un nuevo alambre se bifurcaba hacia izquierda y derecha, rodeando mi rostro. La parte exterior se aseguraba mediante una banda elástica azul en mi cuello. Debía utilizarlo sólo por las noches. Durante un mes, le rogué a mi madre no tener que dormir con eso puesto. No podía acostarme de otra manera que no fuera boca arriba. No podía evitar despertarme en la mitad de la noche teniendo sueños de presas dentales que ahogaban niños y momias egipcias durmiendo con los brazos cruzados sobre el pecho.
Temía que mi hermano se riera de mí y por eso esperaba que todos se durmieran para ponerme la incómoda presa.
Viendo dibujitos animados luego de las 12, parecía una melancólica creación de Tim Burton.
Meses después, el especialista consideró la tortura suficiente y anunció que yo usaría aparatos fijos en ocho dientes (4 en cada maxilar).
Guardé la presa dental en el cajón de mi mesa de luz.
A fin de año, mi boca llena de metal y yo anunciamos que me cambiaría de colegio.
Una chica, llamada Ana, se puso a llorar. Me dieron el premio a mejor compañera.
Mucho tiempo después, ví a Ana en la plaza de Hurlingham; quise saludarla, pero al verme, no me reconoció.

Querida muchacha

Buenos Días

El día lunes di exámen de ACL (Arte y Conocimiento del Lenguaje).
Espero promocionar la materia, la verdad es que el estudio de gramática a nivel secundario es aburridísimo, pero necesario (resulta increíble notar la cantidad de vulgares errores que cometemos al hablar).
Ayer fue el turno de Introducción al Saber (Filosofía y Teología), es poco factible que haya promocionado, porque el primer exámen fue un absoluto fracaso (los factores tiempo/trabajo no coincidieron). Imagine, estaba tan humillada que casi me largo a llorar al salir de clases.
Los chicos de la UCA parecen entrenados para ser maridos, padres y jefes (lo cual está bien, alguien tiene que hacerlo). Nadie, absolutamente nadie sabe de Johnny Thunders; sí de jineteadas, rugby, etc. Las chicas son sumamente bonitas, y les preocupa muchísimo la ropa. Todas se peinan (o despeinan) igual. El conjunto es agradable.

Mi nueva vida es genial. Tardé una hora y media en ordenar tres estantes de mi nueva biblioteca, bajo el criterio de colocar tres libros y luego alejarme y mirar si a X autor le agradaría estar al lado de Q autor. El orden indica los libros de mi infancia y luego asciende hasta la actualidad, ocupada por Hemingway, Camus y los tomos coloridos de Anagrama (mi colección preferida, es brillante combinar estética simple y títulos geniales).

Mi nueva vida cuenta con inesperados niveles de responsabilidad (inesperado es el hecho de cumplir con las responsabilidades y notar que estoy haciendo lo correcto), solo que a veces la rutina es algo desesperante. Pienso en renunciar a mi trabajo y huir ("Pero cuando el espíritu conquistado se libere") y luego un segundo poema de Gregory Corso finaliza "Oh, Gregorio, me fallarás, lo sé"; al recordar eso me parece lamentable fallar.

Un amigo me ha propuesto escribir para su revista digital. Me parecería mejor escribir y proponer que la revista sea impresa. Me agradaría escribir textos como éste, o quizás una columna en la cual cite algún tema de manera breve y puntual. ¿La idea le parece radical o absurda?

Que tenga un buen día.
 

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