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Desperté a las 14 hs. un día martes en el cual no debía ir a trabajar.
Puse un disco que contenía una grabación horrible en Italia. Pensé en cuánto me agrada dormir con jeans. Bajé las escaleras y preparé mi desayuno. Las fauces del día libre se desplegaban ante mí. Mordían mis piernas y atenazaban mis brazos con cucharas y otros utensilios de uso común. Los dibujos de Bugs Bunny sólo están en la televisión por la noche ahora. En su lugar, un documental acerca del misterio del Triángulo de las Bermudas.
Luego de que todos fueran a trabajar, escuché nuevamente ese condenado disco de The Jam y recordé que debo, imperiosamente, conseguir discos nuevos. Revolver casas de consignación, ferias, robar a los dueños de disquerías. Robar, robar, robar.
Pensé en Rimbaud y Verlaine y su duelo en Bruselas. En "El Corazón Torturado", en el divorcio en el siglo XIII y los manuscritos perdidos.
Comuniqué a un hombre sobre la obra de Louis Ferdinand Celine.

"His novels are verbal frescoes peopled with horrendous giants, paraplegics, and gnomes, and are filled with scenes of dismemberment and murder."

Supe que sería una buena idea cursar Linguística en el segundo cuatrimestre y quizás un seminario de poesía. Recordé lo aburridas que resultaban las clases de Gramática.
Pensé en Rimbaud y compré un libro de William Burroughs. Un libro de poesía que desconozco.

"Alejandro Serguéyevich,
con su permiso me voy a presentar:
Mayakovsky.

¡Déme la mano!
aquí está mi pecho
¿Lo oye?
Ya no late,
llora."

Otros libros. También a Louis Ferdinand Celine.
Recordé la semana pasada cuando, durante el almuerzo, alguien me preguntó porqué quería abandonar el trabajo.
"No lo sé, estoy harta y quisiera viajar y llegar a una isla y pescar", reí.
"¡Hemingway!" Gritó él.
Luego preguntó si estaba estudiando y contesté: "Letras".
Me contó sobre su familia de Profesores de Letras, mirando hacia su comida cada vez más extraña, apuntándo hacia mi con un tenedor y empequeñeciendo mis respuestas, que hasta el momento consideraba muy inteligentes.
"¡No me digas que todos mueren de hambre!" Grité.

Compré mermelada de zarzamora para Jueves y volví a casa. Aún estaba vacía.
Me dirigí hacia la heladera para guardar las verduras y al abrir el cajón un limón saltó hacia mí.
Sus pequeños dientes se hundieron en mi rostro y supe cuán importantes eran mis ojos, ojos que todo lo veían y admiraban y ojos de terceros en autos y fotografías de Cecil Beaton.
Rostro que aún no había logrado la victoria y el reconocimiento social.
Un pequeño escuadrón de vegetales uniformados asomó por el borde del cajón; huyeron marchando hacia el jardín. El limón gruñía cuando lo tomé por la parte trasera y lo arrojé hacia la puerta de vidrio: murió en el acto. Un conjunto de manzanas lloró desconsoladamente desde la heladera. ¡A callar! Grazné. Me deshize del pequeño cadáver amarillo con asombrosa facilidad.

Una hora después, el agua para el té hervía mientras estaba en mi habitación.
 

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