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He pasado mis vacaciones de verano aquí desde que era niña. Tengo 21 años ahora; es invierno y la ciudad es una novela de morfina que solo despertará en temporada.
Año tras año, mi abuela se ha encargado de mantener la casa ordenada y maravillosamente provista de todo lo necesario. La decoración no ha cambiado: podré entrar y saber que siempre será el año 1990; observaré una fotografía tomada en Mundo Marino en la cual mi bronceado supone la existencia de una gemela caribeña.
Mi madre y yo arribamos el día domingo a las 11:30. La lluvia arruinó mis planes. El frío me condujo a preparar té durante toda la tarde mientras leía los improperios de Louis Ferdinand Céline en "Viaje al fin de la noche".
Aún llovía cuando, detrás de a ventanilla del auto, contemplé las calles desiertas. Prolijos chalets absurdamente vacíos y altísimos edificios en completa oscuridad. Una localidad que exhibe estructuras de concreto tapiadas en penumbra cual viudas cubistas. Imaginé a los pobladores restantes bebiendo interminablemente o pudriéndose frente a la televisión.
Fascinada por el paseo fantasma, deseé poder extender mi estadía en la ciudad, pues se había creado aquí una muda ecuación de distribución humana en la cual nadie se vería perturbado.
Luego de medianoche, me dormí.
En mi sueño, un chico aparcaba un automóvil en la puerta de mi garage. Extrañada, salí a recibirlo. Parecía joven y muy cansado. Sus ojos no le pertenecían. Le permitía quedarse y al instante, se dormía; su cabeza apoyada sobre el volante.
Por la mañana, me vestí y bajé a la playa. Caminé en dirección del muelle. Había algunas chicos jugando al futból, a pesar del frío. Pescadores fumando infinitamente detrás de las redes en lo alto. Blancas gaviotas caminando torpemente, aguardando restos de pescado de la jornada.
Dos décadas de visitas han creado un espacio temporal del cual la casa se ha apropiado.
En él, nuestra memoria y sus pálidos recuerdos le pertenecen de modo absoluto.
Puedo escribir este pasaje porque ya no estoy allí: he dejado a mi sombra leyendo "La flor de Coleridge" en la habitación.

Miércoles 4 de Julio de 2007

Querido Sebastian:

Estaba pensando en portarme bien cuando le dí una soberana patada a la puerta de mi habitación porque, al pasar por el living, me desagradó el programa que mi madre veía en la televisión.
Durante mi breve estadía en Santa Elizabeth, Romina afirmó que yo era una persona muy tranquila y educada. Una dama. Pero, maldita sea, es fácil olvidarlo aquí.
Nos encontramos bajo Estado de Sitio.
Hoy a las 17:30 envié un mensaje a vuestro teléfono, el cual debido a las circunstancias adversas ha dado en leer y responder -de modo muy atento- su madre. ¿Recuerda aquel día en el parque en el cual ella llamó su atención y yo exclamé que podía cuidar de usted? A lo cual ella respondió que yo no podía cuidar ni de mí misma. Es cierto que yo jamás podré cuidar de usted. Pero podré ser su amiga hasta el final.
Es tarde aquí. Ví una película bélica. Mi hermano tuvo franco debido a el Día de la Independencia en Estados Unidos. Mi padre se ha ido a trabajar. Una niebla fría puebla la calle y no he prendido ningún cigarrillo durante el rato que he tardado en escribir esta carta. Intento fumar menos.

 

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