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Miércoles, 21 de mayo de 2008

Desperté a las 8.30 de un sueño que no recuerdo y volví a dormir hasta las 11.30. Tomé café con leche y una tostada mientras veía una sitcom estúpida en Warner Channel alternada con una película de Hugh Grant en TNT a la que pasé a SAP por resultar insoportable doblada al castellano. Leí anuncios en Craiglist y Trabajo Freelance.com. Hay tareas realmente curiosas publicadas en "Data Entry" o "Escritores". Uno de ellos constaba en redactar artículos acerca de Poker. Qué pena que no sé nada de eso. Escucho un disco de The Divine Comedy. "London irish"...¿Cuándo habré comenzado a pensar que Europa es lo mejor que podría pasarme?

Almuerzo pastel de verduras con queso. Mi padre come supremas de pollo con puré. En el noticiero, 5 niños murieron en un incendio en La Plata. Cesa el paro en el campo. Mi madre cuenta como una de sus compañeras de trabajo se mostró hoy a favor de la construcción del tren bala. Nada en la tevé acerca del cierre del Hospital Borda. Desde que me contaron eso el lunes, pienso que sucederá con sus habitantes si el hospital deja de existir y recuerdo -siempre- el capítulo de The Sandman en que los pobladores del Infierno vuelven junto a sus seres queridos cuando Lucifer decide dimitir. No puedo evitarlo.

Camino unas 15 cuadras hasta el laboratorio en el que debo retirar el resultado de mi análisis de sangre. La Dra. supone que un nivel inapropiado de litio podría ser el causante de varios factores contraproducentes. Las casas de Av. Roca lucen inofensivas a la luz del día, sin las visiones espectrales que juré ver una noche hace tiempo y el hombre que desde su auto me gritaba que vaya con él. Salgo del laboratorio con el sobre gris en mis manos e imagino que antes de cerrar la puerta la recepcionista dice, desde su escritorio, que tengo SIDA. Sería brutal que lo anunciase sin ningún tipo de formalidades. Doy un rodeo hacia el pasaje que atraviesa las vías. Nada en la calle. La iglesia del Sagrado Corazón aparece como una postal del antiguo órden.

Llego a casa. La Dra. no atiende el teléfono. Dejo un mensaje. "Nivel de litio en sangre", tipeo en Google. Información acerca de psicóticos y medicamentos. Al parecer, 0.60 -1.30 es la medida normal. Mi número indica 0.25. La Dra. dirá más tarde que hemos descubierto algo importante. Un hurra por la medicina. Comunico la noticia a M.T mientras escucho a The Tammys aullar en "Egyptian shumba". Leo una nota a "Good Time for Dynacom" en Global-Art. Me causan gracia sus respuestas y sus camperas de 8º grado.

Pienso en Parménides al tiempo que tomo un libro de Nietzsche de la biblioteca de mi hermano. "¿Asique este viejo de mierda estudió filología clásica?" Pienso al leer su biografía. Abruptamente, Friedrich se convierte en Horacio Quiroga en la página 6 y encuentra refugio en Buenos aires. ¿Cómo es que la editorial Fontana ha podido mezclar las biografías de ambos? El error es exagerado y absurdo. En la página 8 Nietzsche, fuera de sus cabales, envía a sus amigos cartas extravagantes. Abandono el libro y elaboro una lista de regalos de cumpleaños que pegaré la próxima semana en toda la casa. Un formulario de solicitud de tarjeta de crédito sirve como anotador. "Say, that's a swell map", dice el equipo de música. He escrito 5 carillas de cuaderno y el día ha mejorado notablemente.

Mujercitas Terror en Pronoise


*Foto por Matías Kee

Llegué a casa de Agostina con $9 pesos, un libro y ropa en mi bolso. Faltando horas para el recital, escuchamos un disco de David Bowie mientras ella se probaba vestidos que abandonaba en distintos rincones de la casa. Abrió la puerta para comprobar la decisión final ante el espejo del hall y allí al final del pasillo, un chico barbudo de mirada perdida vigilaba la entrada. A explicó aceleradamente que el desconocido, aparentemente drogado, la había seguido en la calle. Miedo. "Este lugar atrae a los espectros", pensé. No queriendo tener que enfrentar a un maniático, propuse delatarlo con el policía que patrulla un restaurant cercano. A gritaba al extraño que se fuera por el portero eléctrico cuando los fusibles saltaron y quedamos a oscuras. Restablecida la luz, prendimos la tele y viendo a Henry Rollins en un recital de Black Flag olvidamos el asunto del maniático. "¡Henry!" Me puse a gritar mientras elegía un disco de B.F en la computadora. "Los nombres que gritamos en esta casa son Mark. E y Hitler, el nuevo es Henry." Comenté a alguien más tarde en Pronoise.

Tomamos el 118 en barrancas de Belgrano y bajamos en Av. San Juan, no sin antes recordar cualquier aventura anterior por las inhóspitas calles del barrio de San Cristóbal. Compramos caramelos y cigarrillos. En el depto. de Av. San Juan al 2432 la música era una tortura new age y la gente, una construcción de colores y relajo juvenil."Son como hippies", dije a Agostina con desagrado mientras recorríamos el lugar pensando en huir. M.T buscaba café en una cocina provista con varios cajones de cerveza. Finalmente lograron una taza de té que, curiosamente, exhibía una mancha en forma de pulpo. Marcelo sugirió un sorteo para decidir cual sería la banda que tocase primera y para nuestro horror, obtendrían el último lugar. Intentamos divertirnos espiando habitaciones e inventando canciones de temática inmunda. Que suplicio. "Nada que no haya sucedido en una fecha anterior", medité.

Luego de dos o más horas de espera, M.T conecta instrumentos al tiempo que un chico completamente ido gritaba que empiecen ya. Tocan la primera canción entre aullidos y empujones del público. Para el momento de "Actriz" ya no entraba una persona más en la habitación y la temperatura era insoportable. Marcelo maldice a un sonidista invisible y arregla las voces. W irrumpe a las patadas una canción después; situación que continuaría hasta el final del recital y se vería agravada cuando un chico recibe un puñetazo en la nariz. A y W ruedan por el suelo por lo menos 5 veces durante "Fuera de casa", "Chicos en penitencia" y las inéditas "Delantal rosa" y "Hechos injustos". Las nuevas "El baúl" y "En mis días de guerra" resultan más rápidas y precisas que sus antecesoras; sus letras probablemente indescifrables logran hacerme sonreír. "¿Te reís sola?" preguntó alguien en un espacio de silencio entre canciones. A y yo gritamos la letra de "Ángel Fuhrer" hasta casi enmudecer. "¡¿Cómo van a decir eso!?", le digo riéndome en medio de un acople infernal. M.T termina con "El cementerio del amor", una fábula entrecortada de notas en escala. Aplausos y suspiros.

Agostina y yo tomamos el colectivo en una calle vacía a las 6 de la mañana. Despierto en Av. Las Heras. 10 minutos después, llegamos a Belgrano.
 

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