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Festival Sonido Argie

"...El Festival Sonido Argie, sintetiza entonces, esa especie de manera de reapropiar el lenguaje del rock anglosajón, casi como si fuera un “robo legal”, pero eterno, divino y justiciero y que no debe mermar jamás con el paso del tiempo, como manera de rearfirmar la autonomía creativa y válida de todos los músicos vernáculos." (*)

Ayer fuí a un recital en el que tocaban cuatro bandas. Hacía mucho que no asistía a este tipo de eventos. En la ida, en la estación de Lacroze, se me ocurrió que después de años de abstinencia quería fumar un cigarrillo. Frente de mí, un niño descalzo caminaba sosteniendo algo cerca de su cara. Pensé que estaría esnifando pegamento y miré hacia adelante.

Cuando llegué al único kiosko abierto en un radio de 4 manzanas, el niño se paró en la persiana a hablar con el kioskero y noté que en realidad lo que sostenía cerca de su cara era un gatito flaco, chiquito y atigrado. Me sentí muy mal y sin pensarlo, le dí el billete arrugado de $5 pesos que tenía en mi mano y me fuí, todavía sintiéndome mal. Pensé en cómo las personas son capaces de sentir compasión aún encontrándose en situaciones adversas -y seguí sintiéndome mal-.

Pensé en Buenos Aires y en como según pasan los años y gobiernos la ciudad de transformó en una productora a gran escala de niños pobres y gatitos flacos. Me acordé de la Carta Abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar, que leí en conmemoración del 24 de Marzo:

"...Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes. Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua..."

Varias décadas después, el párrafo todavía aplica. Y el terror que sintieron los argentinos en 1976 es similar al grado de paranoia e histeria colectiva que veo en los medios, en las paradas de colectivos, en el recuento de votos anónimo y absurdo que ocurre en cada elección democrática...

La salida se había convertido en algo futil.

Llegué a Salón Real, en la calle Sarmiento, pagué la entrada y busqué a mi amiga entre la gente. R estaba en la barra comprando una Coca Cola. Un rato después, un poco ahogada por el humo, compré un vaso de 7 UP con hielo.

ABducidos tocó mientras R y yo hablábamos en la parte de atrás del salón, sentadas en un sillón blanco de cuero. Una pareja jugaba a tirar las latitas vacías de Quilmes contra la pared.

Saqué algunas fotos durante el recital de Los Reyes del Falsete, a los que una vez ví en un lugar perdido de Temperley y sonaron como una bola de ruido tropical, desordenado y disonante. Creo que ese día estaba muy cansada como para prestarles atención.
Ésta vez, varias horas, días de ensayo y recitales después, dieron un show muy parejo con algunas armonías de voces interesantes y un par de cortes innecesarios.

Viva Elástico es realmente una de las pocas bandas que logró conmoverme, de todas las que dejé de seguir y buscar durante los últimos tres años. Cuando pienso en ellos, por alguna razón inmediatamente pienso en Los Redondos, en una asociación que nada tiene ver con letras o música. Supongo que será en espíritu, o porque no podría entenderlos a ellos sin haber entendido antes a la dupla Solari-Beilinson.

Su cantante apareció como si hubiese cumplido 17 en vez de 20 algo, vestido con unas zapatillas de cuero blancas con cordones negros, un pantalón celeste y una camisa rayada; como si hubiese venido a hacer que todos coreen sus canciones desde un cumpleaños de 15 de 1999.

"El amor enferma", "Complejo adolescente" y "La radio" parecen títulos comunes llenos de lugares comunes, cuartos desordenados del conurbano y cosas y chicas tiradas, destapando la que siempre es y no será la última birra de la noche. Pero a diferencia de muchas bandas que probaron esta fórmula, estos chicos lo lograron con un grado de gracia y magnetismo que probablemente sólo exista así -en estado simple, líricamente despulido y enternecedor- en la juventud.

No llegué a ver a la última banda. Tomé un taxi hasta Villa Crespo y me encontré con un amigo en una fiesta de cumpleaños. Sobria, me serví un vaso de Teachers con hielo y le conté de dónde venía, a lo que me interrogó riéndose y desestimando a las bandas sin mayores planteos teóricos. Hablamos de México y me contó de un lugar llamado "El Triángulo de Sonora" en el que la gente se pierde y reina un silencio absoluto. Repitió el comentario completo, casi palabra por palabra, y mientras se servía otro vaso de whisky le comenté que ya había dicho eso. "Lo repetí porque es importante", contestó.

Tomé el tren de las seis am. Las puertas se abrían y cerraban tres veces en cada estación. Amanecía. No abrí las persianas de mi habitación hasta las 4:00 de la tarde.


(*) Texto por Triple RRR Discos
 

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