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Podría taconear
frenética en el Café Tortoni
Vestirme de maricón
y hacer un exorcismo
una exhortación

sobre el cadáver de Gardel
y su espíritu engominado
de arrabal

Vampiro
Atropello de poema
Vaquero de Parque Chas
Tres pares de medias por 10 pesos

Milanesas con puré
Milanesas con puré
Medialunas con café

¡Argentina!

Viva la patria manchada de sangre
Viva la democracia
Motherfucker

Los faroles del
Cabildo y las manos de Perón

Los ciegos vendiendo estampitas
Las sambas tristes
Las putas con pañuelo Hermès

Década de infamia
Yanqui hijo de puta

Te espero en Lanús
En el bosque de Guillón
Fumando colillas leyendo a Borges

Fiesta Muda IV

Suena como Pink Floyd en "A Saucerful of Secrets", me dice al oído un amigo mientras toca en el escenario Olfa Meocorde.

Después de editar su segundo LP, Mujercitas Terror convoca a su público nuevo y antiguo en la IV edición de la Fiesta Muda, bajo la consigna de su presentación más una banda invitada, proyección de videos y música a cargo del Dj Andrés Caceres.

Pasaron dos o tres semanas y estoy en mi cuarto, leyendo en la cama y escuchando un disco que bajé, haciendo que mi pc se quede sin espacio libre y titubee ante el más mínimo intento de scrobbling. Se que la memoria me falla y que las crónicas más vívidas y desprolijas de este blog nacieron en viajes en colectivo, tren o en la madrugada; pero me acuerdo ahora de Mujercitas Terror en el escenario conectando sus instrumentos mientras en la pantalla veía a David Lynch en una filmación en reversa. Marcelo miraba su guitarra y Daniela prestaba atención a las bailarinas de Lynch. El público anticipaba la primera canción.

"Excavaciones" suena en mi cabeza y no puedo imaginar una mejor segunda parte para el cuento que Mujercitas empezó en su primer disco; se repite en mis sueños, en los que voy a verlos a un lugar inventado en Ituzaingó (o San Miguel, o Castelar, o quién sabe dónde). Tomo colectivos y remises y camino calles de tierra, y paso horas en habitaciones de humo esperando un recital que no llega, o termina cuando yo no estoy allí. No puedo hablar de esta banda sin intentar explicar como su mundo -el de ellos, y me atrevo a decirlo en voz baja, el mío- ocupa una parte clara en la galería de mi subconciente.

De vuelta en Plasma, el público delante del escenario se mueve y golpea tantro entre sí que mis tacos no lo resisten. Algunas canciones nuevas después, mis oídos sucumben lentamente al volúment altísimo de los parlantes.

Pasaron mucho más de 2 semanas ahora, y redondear el fin de este texto se vuelve nebuloso como el sueño de Coleridge en Kubla Khan, llueve desde hace días y hace frío aunque se supone que es primavera; adivino que a muchos adeptos de Mujercitas les cae bien esta prolongación del invierno, tanto como a mí una década atrás, y esperamos la próxima Fiesta Muda: La noche en la que nada envejece y a la que siempre me complace volver.

Maintenant

"...As I explained to her later, my point of view when it comes to writing is writing all that you can; that reminded me of an anecdote Arthur Cravan wrote about Andre Gide:

By the time Cravan was giving his first steps as a writer (he published a magazine called "Maintenant" which costed around 25 cents and was sold on the street), he had the opportunity to visit Gide, who already was a well-known novelist. Cravan, of course, was young and poor but viewed himself as a genious; he would impress Gide with his words and manage to become his protege, alliance that would lead to a life of comfort and luxury. Cravan arrived to Gide's residence and was lead to the living room by a maid who told him monsieur Gide would be there in a moment. Cravan took his time to investigate the furniture and the decoration, which he judged as "poor", and imagined Gide spying him from a tiny secret hole in the tapestry. He reached a desk covered with papers that still smelled of ink and of course, he read them. Later, in the pages of Maintenant, he'd accuse him of "punishing prose".

During the meeting, Cravan declared he preferred box rather than Literature. Gide answered solemnly Literature was the only thing they could have in common. Cravan made three or four presumptuous statements along the afternoon that did not cause any special reaction on Gide. At six, Cravan left. He only saw Gide again one time on the street: Gide was standing on the door of a bookstore that -on Cravan's words- was actually a surgical supplies shop or a bakery. Gide didn't see him.

Cravan was taught a lesson -even if he was the last one to admit- and I, like Gide did, will continue punishing prose -and verse-; I feel spiritually commited to do so."
 

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