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New Personal Poem
By Ted Berrigan

You had your own reasons for getting
In your own way. You didn’t want to be
Clear to yourself. You knew a hell
Of a lot more than you were willing
                 to let yourself know. I felt
Natural love for you on the spot. R-E-S-P-E-C-T. Right.
Beautiful. I don’t use the word lightly. I
Protested with whatever love (honesty) (& frontal nudity)
A yes basically reserved Irish Catholic American Providence Rhode
                 Island New Englander is able to manage. You
Are sophisticated, not uncomplicated, not
Naïve, and Not simple. An Entertainer, & I am, too.
Frank O’Hara respected love, so do you, & so do we.
He was himself & I was me. And when we came together
Each ourselves in Iowa, all the way
That was love, & it still is, love, today. Can you see me
In what I say? Because as well I see you know
In what you have to say, I did love Frank, as I do
You, “in the right way”.
That’s just talk, not Logos,
                 a getting down to cases:
I take it as simple particulars that
                 we wear our feelings on our faces.

Confusión

Hay una dimensión en dos cuartos
Un ascensor en un hotel que se repite
en un loop eterno

donde somos jóvenes por siempre.

Existe un lugar en donde
los amigos son odio
Donde lo especial se arrastra con
el sexo

donde abandonamos y somos
abandonados

Donde dejamos notas manuscritas
con declaraciones
ególatras e inciertas

Donde nuestros cuerpos son
devorados por la vulgaridad
y los mensajes de texto
sin respuesta;

un agujero negro de comportamientos
humanos erráticos en el que
el deseo y la consumación del deseo
se dan la mano
y tapan el pozo

Nada permanece
y no hay roce alguno
con lo sagrado

Subimos al cuarto piso
y nos quedamos allí
por siempre

Mi cementerio se llama
                                Confusión

Llueve en Washington Blvd. y estoy parada debajo del techo de una barbería, leyendo un cuento corto en el que un hombre llora a una chica de pelo negro y se masturba con una figura de plastilina hasta convertirla en algo suyo.

Llegue 15 minutos temprano pero él se acerca, fumando un cigarrillo con la campera de jean mojada y el pelo revuelto tapando sus anteojos. Me saluda y me besa.

No, eso no fue así. Estoy parada debajo del techo en la puerta del bar, lluvia cayendo insistentemente sobre las sillas de jardín, la cerca, los camiones de USPS; estoy leyendo un cuento corto de ciencia ficción en el que las cartas de tarot son vampiros. Arranco una página del libro nuevo y escribo una línea sobre la alienación, las máquinas de hacer waffles, los trineos de nieve en la vidriera de la ferretería en Westover. El abre la puerta de vidrio del bar, me saluda y me besa, como si fuese un acto repetido que nos pertenece: Un derecho innegable.

Estoy mintiendo otra vez. Estoy parada debajo del techo del bar, solo escribí "alienación y máquinas de hacer waffles" antes de pensar en lo vastedad del universo y como nos engullirá a todos, cuando él abre la puerta de vidrio sin decir hola, prende un cigarrillo y hablamos del fin del mundo y el colapso económico.

Entramos al bar y señala una mesa en donde su hermana está sentada tomando una pinta de cerveza rubia, con el pelo cenizo opaco tapándole el ojo izquierdo.

El me pregunta si quiero cerveza, le respondo que sí. Su hermana sentada con nosotros es solo el comienzo de una noche barranca abajo -pienso- como el General Quiroga yendo al muere, este es el fin del romance.

Camino hacia la barra con él, leo la pizarra en la que los nombres se suceden y no son los mismos que los de la semana anterior. No me gusta la cerveza negra, no me gusta la cerveza tanto como el whisky sour servido con hielo en el peor bar de la otra punta de la ciudad. Elijo una helles-bier que probé antes y él dice que es la que está en su copa. Sprechen Sie Deutsch? Nein? Pregunta, y yo digo "...No", mi orgullo herido porque Alemania es mía, mía, mía. Ellos no entienden; yo era una chica judía en un pozo en Dachau, la hija de un general de la SS en una casa de dos plantas en Hamburgo, el soldado en una trinchera regada de sangre y partes humanas. Yo fui esto en mi memoria, antes de nacer, Alemania me pertenece. 

Sentados a la mesa jugamos a las cartas. Emparejamos números con números, color por color, una carta con un signo de alto cambia el orden de los turnos, pausamos el juego para hablar de la universidad o el partido de hockey en la pantalla plana frente a nosotros. Yo miro sus ojos y su pelo como un ladrón furtivo de un cuento de Las Mil y Una Noches: Uno al que el tiempo acabará sepultando en la soledad de una duna, junto con su tesoro de esmeraldas y dagas de oro: Mi ego mudo e inconmensurable.

Él es nuevo, reluciente, me alaba y admira mi pasión por las Letras, mi ascendencia exótica que aquí no es común pero en mi país me convierte en algo gastado y reiterativo: Una historia más de inmigrantes en el Siglo XIX, una casa de ladrillos a la vista en el conurbano, el colegio católico de uniforme azul marino y bordo.

Habla de chicas, de chicas con las que durmió, de chicas con las que dormirá el fin de semana, de la chica con la que quiere casarse. Mortificada por haber pasado tan velozmente a un segundo plano, quiero huir. Blue Top Cab es mi amigo aquí, y un conductor etíope mudo me llevará a la comodidad de mi apartamento.

¿Hice esto alguna vez? Me pregunto. ¿Hice algo así con alguien al que invite a salir, con el que coquetee en una fiesta, con el que baje a un sótano húmedo en una casa en Georgetown? No fui yo quien llamó por teléfono el domingo. Yo estaba en el Museo de Arte viendo una foto de un chico con la letra X escrita en su mano con marcador indeleble, mi mente en 1980, indemne. Fue él, y fue él por segunda vez hoy martes quien escribió para vernos esta noche.

"Estaba tan borracho todas las veces que te vi antes" Confiesa en el patio, fumando el 5to cigarrillo, excusándose sin saberlo. "Eso explica un par de cosas" respondo apretando los dientes, mirando en dirección contraria a los camiones de USPS, la oficina de correos, el libro de ciencia ficción en el bolsillo de mi campera, la bola de madera golpeando la pared como un poema evocativo y estúpido.

Media hora después, en el pasillo de mi bar en la calle 10, le confieso que desde que tengo 14 años tengo que decir la verdad: Que no me importa ser un ser humano horrible, un cúmulo de frustración y deseo y que por favor, no hables de otras chicas a las que no conozco pero está bien, ahora veo que seremos amigos por siempre. Volvamos a la mesa, cerremos la cuenta. Caminaré de vuelta a casa.

Me besa en una línea temporal alternativa, entre la puerta del baño de hombres, la pared tapada de graffiti y una pila de cajas de cerveza.

Camina a mi lado, la lluvia tapando mis ojos, tapando la luz roja del semáforo en la calle desierta. Dejo que seque sus lentes con la tela floreada de mi pañuelo, se disculpa y respondo que es espantoso no ver. (No me ves a mí, me lamento).

No hay amor, solo desorden. Este es el fin del romance.   
 

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