Archives

En Hillwood


(A Daniela Zahra)

Una tarde, después de una charla de negocios en el jardín francés,  Margaret Merriweather Post se quedó dormida en el cuarto de servicio.

Antes de ello, mientras su padre, Charles Post, hablaba tediosa e  interminablemente acerca de la industria y las manías de sus empleados  en los campos de trigo en Michigan, Margaret se distrajo y por primera  vez, quiso que su padre la dejase sola. Lo vio alejarse hacia la biblioteca  donde sin duda aleccionaría al cochero y al personal de seguridad,  asegurándose de que estos cuidasen a su hija, su posesión más delicada y  preciosa.

“Padre tiene buena intención, pero ya puedo cuidarme sola”. Pensó Margaret y se detuvo a observar el color de la nueva cortina del cuarto de servicio, sin darse cuenta casi de haberse recostado en el diván. Cerró los ojos por un momento y luego estaba dormida.

Durante esta improvisada siesta, tuvo un sueño. En el sueño le hablaba a su huevo Fabergé preferido, el huevo de Pascua con el diseño rosado y blanco de Caterina La Grande. Aunque eternamente cerrado y perdida la pequeña sorpresa que Faberge había diseñado especialmente para la familia imperial rusa, Margaret cantaba dulcemente sus fantasías de animalitos de jade y bailes de máscaras y el huevo se abría revelando una escena de un palacio en llamas. Anastasia y sus hermanos escapaban para ser fusilados por los soldados de la revolución bolchevique. “¡Nicolas! ¡Caterina! ¡Margaret!” Imploraba Anastasia antes de caer a un pozo. Los soldados se retiraban de escena y el paisaje cambiaba por el de una estancia en la que un peón gritaba, atrapado bajo una trilladora.

Horrorizada, Margaret cerraba el huevo y caminaba hacia el gran piano, donde fumaba un cigarrillo y pensaba sin saber cómo ni de donde, que un día en el futuro una mujer visitaria su mansión. Y esta mujer, especial pero ignorante de serlo, necesitaría su ayuda.

Inmediatamente después, Margaret despertó. “Que curioso y estúpido sueño” pensó para sí, dudando todo excepto la visión de la mujer.

Casi un siglo después, Maria F., sin planearlo, se encontró de visita en Hillwood, la mansión devenida museo de Margaret Merriweather Post.

Arrastrando una valija con alguna ropa, un cargador de teléfono y una computadora prestada, Maria se dirigió al escritorio de entrada y anunció que esperaría allí a su amigo, socio del museo. Sin dinero en el bolsillo, esa fue la forma en la que accedió a la estancia sin pagar el ticket de entrada, que la empleada le dio sin dudar de su palabra.

Maria camino primero por la planta principal, admirando los muebles y la porcelana, sin perder detalle de todas las vitrinas plagadas de una infinita y calculada colección de arte, de las sillas tapizadas de dorado y verde, de la sala de desayuno color amarillo claro, del jardín de invierno lleno de orquídeas y la sala de arte ruso ortodoxo pintada de color lavanda. Maria de detuvo en la habitación de invitados y le pareció oír allí una voz. Enferma de hambre y probablemente muy cansada por haber pasado la semana anterior tendida en un colchón sucio en Baltimore, Maria pensó que se estaba volviendo loca.

“Maria”. Llamó la voz. “Soy Margaret”.
“No es posible. Tú estás muerta.” Respondió Maria, mirando alrededor antes de hablar, cuidando de que estuviesen solas.
“Los muertos también hablan, y a mí me encantaba hablar cuando viva.” Dijo la voz de Margaret.
“Cuando tenía 27 años de edad, soñé contigo. Soñé que mi huevo Fabergé me mostraba la caída del Imperio Ruso y luego, al cerrarlo, tuve la visión de una mujer en problemas. Y esa mujer eres tú, Maria.” Siguió Margaret.
“Estás vieja, loca y muerta.” Dijo Maria, con algo de desdén.
“Y tú estás sucia y pobre. No seas tonta. Déjame ayudarte.” Dijo Margaret. “¿No te gusta mi casa?”
“Es de película.”
“¿Y mi bar? Tan moderno.”
“Me dio sed.”
“¿Y mi colección de griales? ¿Y el cuarto de dibujo? ¿Y mis vestidos?”
“Todo es perfecto.”
“Tu también puedes tenerlo todo.”
“¿Qué tengo que hacer?” Dijo Maria, dándose por vencida y pensando en su pesada maleta.
“Cortate el pelo.”
“No quiero.”
“Comprate un vestido.”
“No puedo.”
“Consigue un amante adinerado.”
“Me aburren los hombres.”
“¡No seas estúpida!” Se enojó el fantasma de Margaret. “¿Te ha dado resultado algo de todo lo que has intentado honestamente?!”
“No.”
“Pues entonces sigue mi consejo. Y cuando hagas esto, vuelve a esta habitación en un mes y cuéntame como te ha ido, y te diré que hacer.”
“Bien. Creo que tengo que irme… Creo que van a cerrar el museo a las cinco.”
“Ha sido un gusto.” Contestó Margaret suavemente, con las buenas maneras que la habían hecho famosa y amada en vida.

Maria dio un paso atrás, pero antes de dejar la habitación, la voz de Margaret llamó una última vez.
“¿Maria?"
“¿Si?"
"Tú también puedes tenerlo todo.”

Durante un mes, Maria siguió el consejo de Margaret. Gracias a ello, abandonó Baltimore y se estableció en DC, en un apartamento en Connecticut Avenue que pagaba gracias a su amorío con un médico divorciado y un abogado involucrado en la venta de bienes raíces. En el tiempo que tenía libre entre satisfacer a uno y otro, tomaba clases de piano y yoga y hacía traducciones legales de Español a Inglés. Cuidaba también un jardincito de suculentas, romero y tomillo. La vida sin penurias económicas ni trabajos de largas horas a pie le habian dado tiempo y nuevas ideas. Maria vio crecer su producción literaria, su guardarropa y su cuenta bancaria.

“¡Margaret!” Llamo Maria en el museo Hillwood dos meses después.
“Pensé que me habías olvidado.” Respondió Margaret, algo dolida.
“Tenias razon. Todo lo que pense que jamas sucederia estaba al alcance de mi mano. ¡No fue dificil! Y he estado escribiendo mucho.”
“¿Eres feliz?” Pregunto Margaret.
“No aun.”
“Esto es lo que harás. Deja a tus amantes. Tu nueva pareja debe ser mejor y más poderoso. Alguna gente te resentirá. Ignoralos y sal a conocer el mundo. Arroja una flor al salir, en el estanque de mi Jardin Japones. Di una plegaria por mi. Y no olvides volver y contarmelo todo.”

Distraída por los frutos de su nueva vida, Maria viajó a España, Budapest, Japón y Nueva York, en donde comprendió que comercializar su persona como si siempre hubiese estado allí, entre la nueva burguesía y el antiguo dinero, era mucho más facil que construir su propio imperio a base de buenas intenciones y trabajo arduo mal remunerado. Durante un largo tiempo, Maria fue feliz. Publicó un libro de cuentos y hasta pensó que podria tener hijos. Pero contenta con su fabricada independencia, las largas noches de tertulia y su nueva casa, se abstrajo en sí misma. Como Margaret en su tiempo, adquirió una casa en donde celebró su renovada y fastuosa vida social, en divertidas veladas en el salón comedor y amenos debates durante el desayuno, que servía puntualmente acompañado de café, frutas, avena y miel.

Pasarían cinco anos hasta que un dia, nuevamente en DC, Maria recordó a Margaret en Hillwood. Pidió un taxi hasta el museo y subió las escaleras hasta la planta alta, en la que tímida y desconfiadamente, como si el encuentro hubiese sido producto de su imaginación, llamó a Margaret.

“¡Me lo debes todo y nunca has vuelto a verme!” Rugió la heredera apenas Maria se asomó al cuarto de invitados.
“Margaret, lo siento tanto.” Se disculpó ella, sin realmente sentir pena por la difunta.
“Mientes. ¿Lo has pasado bien? Te lo he dado todo… Todo lo que me enseñó mi padre, lo que aprendí luego de tantos negocios y maridos y viajes a Paris. Una noche tuve un sueño espantoso en el que te vi a ti. ¡Ni siquiera pagaste la entrada aquel dia en el que hablamos por primera vez!”

Maria se sintió caer, como si el piso bajo sus pies ya no estuviese allí. Los gritos de Margaret resonaban alrededor, gélidos, aunque graciosamente tenidos por un pulcro acento de clase alta de Illinois. Cuando dejó de caer, Maria noto que estaba ahora junto a la figura elegante de Margaret Merriweather Post. Esta la miro y dijo:

“Lo único que siempre he querido es tener una amiga.”



 

Copyright 2010. All rights reserved.

RSS Feed. This blog uses Modern Clix